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24.7.11

+”Pedro Páramo” [fragmento, 42], de Juan Rulfo, leído por su autor

 Juan Rulfo fotografiado por Manuel Álvarez Bravo


Tanto en mi primera lectura de Pedro Páramo (absorto en una vaga y neblinosa sensación de extrañeza y extravío) como en las posteriores (pertrechado ya de noticias sobre su oculta topografía), esta mágica novela me produjo una sorda conmoción, como si llenara mi alma de luto.

A veces, también yo leo en voz alta fragmentos elegidos al azar, como si fueran poemas los leo. Porque esta prosa, enraizada en el tenebroso tuétano de nuestro ser, destila poesía, una poesía que viste a las palabras con ecos de indefinible misterio.

Leer Pedro Páramo es como ir mas allá de la lectura: es una experiencia que nos atraviesa como una invisible daga, y nos arroja a un mundo soterrado en el que la muerte vive. Escueta novela de inmensa poesía, que limpiamente nos seduce desde el principio (“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”) hasta el final, cuando Pedro Páramo, un rencor vivo, se desmorona como si fuera un montón de piedras.

Entre los lugares creados por la imaginación, Comala me parece uno de los más inolvidables. 

Juan Rulfo lee un fragmento de su novela “Pedro Páramo”

NOTA
Tras cotejar el texto leído por Rulfo con la edición de José Carlos González Boixo (Cátedra), encuentro algunas nimias diferencias. La más llamativa ha resultado ser la que corresponde a esta frase:

En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. (Cátedra, pág. 145.)

En la lectura de Rulfo desaparece “azul” (¿desaire a Darío?, ¿olvido?, ¿…?).

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